La cárcel o la tumba
Ron y Marsala ahora están en un hospital, uno de los dos pronto irá a la cárcel y el otro seguramente morirá.
Cuando se conocieron Ron estaba en los últimos días de sus 16 y Marsala de sus 15 años, aunque tenían la oportunidad de bailar, comer y platicar, los dos chicos estaban sentados y callados en un sillón de la sala.
—¡Hola! Soy Ron —se animó al fin el chico—. Soy amigo de Oporto.
—¿De quién? —preguntó Marsala que no escuchó el nombre, por el alto volumen de la música.
—¡De Oporto, el dueño de la casa! —gritó Ron—. El que organizó esta fiesta.
—¿Me hablaban? —preguntó Oporto, que pasaba por ahí.
Los dos chicos movieron la cabeza, negando a la pregunta.
—¡Vengan quiero mostrarles algo!
Ron y Marsala siguieron a Oporto hacía una pequeña antesala.
—Ustedes son los invitados de honor y pueden probar del que gusten.
Frente a ellos se encontraba un mueble de madera lleno de diferentes botellas de alcohol, largas, chaparras, gordas, delgadas, oscuras, claras y al final de aquello una gran fila de vasos de plástico y una enorme hielera.
—¡Gracias! Pero no quisiera tomar alcohol —respondió Marsala.
—Aquí eso no es opción princesa —advirtió Oporto—, ¡Chicos! Creo que tenemos a una novata.
—yujuuuu —gritaron los invitados a coro y Ron miró a la chica con cara de angustia.
La palabra novata llenó de euforia a la multitud de adolescentes pues significaba que cada uno elegía una botella y el novato, en este caso Marsala, debía dar un trago de cada una de esas botellas.
Después de unos doce tragos era el turno de Ron.
—¿Cómo estás? —pregunto el chico, mientras sostenía una botella de whisky en una mano y una de agua en la otra.
—¡Me siento animada! —respondió Marsala—, pero mi estomago pronto va a estallar.
Como Ron era conocido por varios chicos y ya había asistido antes a las fiestas de Oporto, pudo intervenir.
—¡Chicos! Lo siento, pero mi novia ya no quiere tomar más que de mí botella —Ron hizo un gesto de poder y levanto el whisky.
Algunos chicos de la fila buchearon y otros solo se retiraron a seguir bailando.
Después de un rato Ron y Marsala bailaban con un vaso de vino cada uno en la mano en el centro de la sala.
—¡Gracias por salvarme, me siento mejor! —gritó Marsala para que Ron pudiera oírlo a través de la música—. Estaba triste y ahora me siento bien.
Ron también había llegado triste a la fiesta, se sentía algo mareado, pero contento. En ese momento pensó que podía contarle a Marsala sus problemas.
—¿Vamos afuera un rato? —preguntó Ron.
—Bueno —respondió Marsala.
Salieron al jardín trasero de la casa y comenzaron a platicar.
Ron termino contando que su padre intentaba dejar el alcohol pues cuando tomaba mucho de repente se enojaba y los golpeaba a su mamá y a él.
Y Marsala le contó que cada vez se sentía más sola pues su mamá auditaba empresas durante la noche y su papá poco hablaba con ella, le decía no saber nada de mujeres y prefería darle espacio a su hija.
—Créeme, no creo que les importe mi vida.
—¿Y no tienes hermanos? —preguntó el chico.
—No —respondió Marsala—. Mi mamá tuvo un problema cuando nací y ya no puede tener más hijos.
—¿Y tú? —preguntó la chica.
—Precisamente por el problema del alcohol de mi papá, mis padres ya no tuvieron más hijos —respondió Ron.

Marsala y Ron se hicieron buenos amigos, durante los siguientes meses iban juntos a todas las fiestas y siempre incluían al alcohol como un tercer acompañante.
Un día, al estar Marsala haciendo una tarea de equipo en casa de un compañero, tomaron sin permiso, ella y Ron que la acompañaba, una botella de tequila. El compañero de la casa se metió en un gran lío con sus padres y los amigos se justificaron diciendo que se sentían presionados por las calificaciones.
En otra ocasión, Marsala estaba tan tomada que rayó el carro de su papá cuando intentaba meterlo a la cochera. Se prometió ella misma no volver a tomar tequila.
Un par de semanas después, celebrando el cumpleaños de Marsala, mientras su madre trabajaba y su padre había tenido que salir a un asunto urgente, los dos amigos probaron una bebida llamada vodka.
—Bueno —le dijo Marsala a Ron—, prometí no volver a tomar tequila, pero no dije nada acerca de probar el vodka.
—¡Salud! —dijeron todos los de la fiesta al mismo tiempo.
De repente, se escuchó el papá de Marsala que volvía de sus asuntos. Todos los invitados salieron de la casa asustados. Ron, quiso adelantarse y saltar la cerca, pero debido a lo mareado de la bebida, el chico perdió el equilibrio, cayó y se quebró una pierna.
Así los dos amigos pasaron varios sustos, siguieron probando nuevas bebidas y provocando más accidentes. No se daban cuenta de que estaban avanzando hacia algo peligroso.

Un año después, Ron conoció a una chica en una de las fiestas de Oporto, a las pocas semanas se hicieron novios y sin intención, el chico empezó a alejarse de Marsala.
Pasando las semanas, Ron tomaba menos en las fiestas por estar abrazándose y besándose con su novia y Marsala bebía aún más al sentir que su amigo la abandonaba como lo sentía de sus padres.
Llegó el momento en que Marsala se perdía en el alcohol y no aparecía en la escuela por días, se sentía fatal en todos los sentidos. Ron le hablaba de vez en cuando y le contaba que también faltaba a clases por pasar más tiempo con su novia. Estaban a punto de expulsarlos de la escuela.
Pasó el verano y el siguiente semestre recibió a los chicos con culpas y preocupaciones. Ya tenían 18 y 17 años. Los dos se encontraron en la entrada de la escuela. Ron sintió ganas de abrazar a su amiga, estaba desesperado. En cambio, Marsala, tenía la cara muy delgada y sin expresiones.
—¿Y tu novia? —preguntó la chica con recelo—. ¿No te acompaña hoy?
—No —respondió Ron con un suspiro, mientras metía las manos a las bolsas de su pantalón —. Te veo muy delgada, ¿estas bien?
—Sí —respondió Marsala—, he perdido unos kilos —caminaron hacía una banca dentro de la escuela, aunque actuaba cortante, Marsala quería mucho a Ron y lo extrañaba más, pero estaba muy sentida con él por haberla dejado tan de repente.
—Tengo algo que contarte —empezó a hablar Ron—. Mi novia, ya no vendrá a la escuela.
—¡oh! —exclamó Marsala sin ganas de preguntar la razón.
—Está esperando un bebé —dijo Ron agachando la cabeza y pateando una piedra con fuerza.
—¡Pero, Ron…! —exclamó la chica desilusionada—. ¡Qué tonto eres!
—Ya sé, ya sé —respondió Ron con enfado—. Soy muy chico para ser papá, eché a perder mi juventud, voy a tener que trabajar más para mantener al bebé, bla, bla, bla… ya me lo dijeron mis padres y no sabes la golpiza que me dio mi papá.
—Bueno —dijo Marsala avergonzada—, no soy quién para regañarte, mucho menos por lo que yo hice.
—¿También te portaste mal? —preguntó Ron forzando una risita burlesca.
—Tomé mucho Ron —comenzó a contar Marsala—, necesite tanto el vino que llegué a robarle dinero a mi papá para conseguir, aunque fuera la botella más barata.
—¡Somos un desastre! —se lamentó Ron—. Y creo que es por el alcohol. Deberíamos dejarlo.
Marsala solo asintió con la cabeza sin mencionar palabra.

Doce horas más tarde ambos reían a carcajadas y gritaban desahogando sus frustraciones.
—¡Wuuujuuu! ¡Acelera más! —pidió Ron—. ¡La carretera es nuestra!
Marsala manejaba a toda velocidad el carro de su padre, frunció el ceño y piso el acelerador. De repente alcanzaron a un carro que iba en el mismo sentido.
—¡Acelera o déjanos pasar! —gritó Ron sacando la cabeza por la ventana—. Tú puedes amiga, rebásalo.
La chica se preparó y metió la quinta velocidad en carro, pero debido a su condición no alcanzó a medir bien y pegó con la esquina derecha del carro que manejaba a la esquina trasera del carro que quería rebasar, lo que provocó que éste se siguiera hasta el barranco fuera de la carretera y que ella y su amigo giraran en su mismo eje hasta estamparse con la montaña que rodeaba la carretera.
Cinco días después, Marsala no quiere soltar la mano de Ron. Él está tendido en una cama de hospital. ¿Qué va a hacer sin él? ¡Pasaron muchas aventuras juntos!
—Debimos de haber sido solo tú y yo —dice ella en voz baja a su amigo inconsciente—, pero no quisimos dejar al tercer acompañante. El alcohol nos ha traído aquí y ha muerto un hombre en la carretera por mi culpa.
Marsala llora recargando su frente en la mano inmóvil de Ron, alguien se acerca a ella y le toca con un dedo el hombro.
—¡Ya es hora señorita! —le dice un oficial de policía a la chica.
Marsala se levanta y se inclina para darle un beso en la frente a su amigo y mientras a ella le ponen las esposas, el monitor de corazón que indicaba los latidos de Ron, ahora ha quedado en una zona línea.

