Por Alejandra Castellanos

Las tardes de Broza eran una lluvia de quejas familiares,
—¡Qué horror, que calor hace! —decía en verano su madre.
—¡Está haciendo un frío endemoniado! —se quejaba en invierno.
—¡Está casa se está cayendo! —refería de las paredes.
—¡Cada vez los precios están más altos, qué rateros! —exclamaba el padre cuando hacían el mandado.
Y así, con tantas quejas, la niña de 13 años fue formando una normalidad con este comportamiento que ya dejaba notar fuera de su casa.
—¡Gracias maestra! —exclamó Graciela, una compañera de clase de Broza al recibir su cuaderno calificado.
En cambio, Broza, solo abrió la boca para lanzar una queja.
—¡OCHO! ¿qué le pasa maestra, por qué ocho?

Está bien hecho, pero incompleto Broza —respondió la maestra amablemente—, al parecer no leíste bien las instrucciones.
—¡Qué lata! ¿y tú por qué le agradeces? —preguntó molesta Broza a Graciela.
—Bueno, pues por educación y porque dedicó su tiempo en mí tarea.
—Pues porque es su trabajo —dijo Broza con un tanto de desprecio—. Y, por cierto, ¿por qué ya no me has esperado para desayunar en el recreo juntas?
—Precisamente por eso Broza, te quejas de todo —respondió Graciela, jamás agradeces cuando alguien hace algo por ti, como repetirte lo que dijo la maestra cuando no alcanzas a escuchar o cuando se te presta un borrador, parece que vives insatisfecha y molesta. No sé por qué lo haces, pero es incómodo.
Claro que había un porque, siempre hay un porqué de comportamiento en las personas. Los padres de Broza tenían su propia historia y por ello, nunca daban las gracias ni por lo que les entregaban, ni por lo que les hacían, incluso renegaban por el mínimo detalle y esto era debido a que la madre tenía un trastorno de ansiedad por haber tenido un padre demasiado estricto y un tanto injusto con los castigos, no le enseño a apreciar lo que recibía y vivía intranquila.
El padre de Broza, durante su infancia había sentido el rechazo de su madre ante sus hermanos y había crecido sintiéndose rechazado por todos a su alrededor lo que le impedía comunicarse con respeto y empatía.
Así que, ahora era Broza, luego los padres de ella y los padres de los padres de ella y así estaba formada una cadena por diferentes malos hábitos que afectaban a toda una generación.
Un día, la niña entró a la cocina y vio como sus padres estaban con los ojos muy abiertos y con cara de asombro. La niña miro hacía donde lo hacían ellos y quedó confundida al ver en varias partes de la cocina, hojas pegadas con la palabra “Gracias”.
—¿Para qué es eso? —preguntó Broza extrañada.
—¡No sé! —respondió la mamá — dímelo tú.
—¿Yo por qué? —preguntó Broza—.
—¡Vamos! ¿Por qué hiciste ese gastadero de hojas Broza? —preguntó el papá ya molesto.
—¡Yo no hice nada! —respondió la niña de la misma forma.
—Parece que cada Gracias tiene algo escrito atrás —dijo la madre acercándose a uno de los papeles pegados.
—Éste dice “por tener un techo donde vivir” —leyó la madre.
—Éste “por lo que me prestaste —leyó en otro Broza.
—¡Qué tontería! —expresó el padre, que se resistía a creer que ni su esposa, ni su hija hubieran hecho ese acto.
—Anda papá, lee alguno —pidió Broza.
—“por tener qué comer” —leyó el padre desganado—. ¡Se hará tarde para llegar a la escuela y los trabajos! —exclamó él hombre aventando el papel—. ¡Digan quién fue y desayunemos! ¡Tengo hambre!
—¡QUÉ YO NO FUI! —dijeron Broza y su madre al mismo tiempo.
—¡Entonces, alguien se metió durante la noche y los pegó seguramente! —gritó el papá con ironía.
Los tres se quedaron mirando uno al otro, hubo unos segundos de silencio y de repente por la ventana de la cocina entró algo volando y se postró arriba del refrigerador. La madre de Broza dio un grito.
—¿Qué es eso? —preguntó Broza.
—¡Parece un búho de colores! —dijo el padre confundido—. Voy por la escoba para sacarlo.
Pero antes de que el padre de Broza regresara a la cocina, madre e hija soltaron otro grito.
—¡¿Qué sucede?! —preguntó el padre con la escoba en la mano.
—¡Voló a la mesa, dejó caer una nota y se fue por la ventana! —dijo Broza aferrada a la blusa de su madre.
“Practíquenlo. Kamelin” leyó el papá.
—¡Es ridículo! —exclamó el padre de Broza haciendo bola el pequeño papel y aventándolo a la mesa—. ¡¿Cómo va a poder comunicarse un ave con nosotros y cómo escribió la nota?! Los animales no saben esas cosas. Y ¿cómo sabe que tiene un nombre?
Así fue como la familia de Broza supo que la ingratitud podía revertirse. Ni uno de los tres volvió a ver a la buhita Kamelin, pero siguieron recibiendo notas pegadas en la cocina donde al parecer estaban siendo guiados para reformar su actitud y su pensamiento.
Primero les había dejado notas de porqué debían estar agradecidos, luego les dio recuerdos de su infancia:
“Tu padre fue estricto, pero te quiere” “Hay una razón por la que no sabe ser cariñoso, díselo y perdónalo” le dedicó a la mamá.
“Tu madre no se dio cuenta del dolor que te causo al hacer diferencia entre tus hermanos y tú, pues había sufrido una injusticia” “Dile tu sentir y perdona” le dedicó al papá.
“Tus padres tuvieron una infancia difícil, apóyalos y sean agradecidos” le dijo a Broza.
Después las notas decían que ellos no eran culpables de como habían actuado sus padres. Y les dejó tareas que al principio les costó trabajo realizar, pero poco a poco hicieron el esfuerzo.
Seguían confundidos, pero las notas les daban confianza, incluso la buhita se las daba. Las notas no las recibían diario o cada semana, de hecho, no había un patrón en tiempo de aparición de las hojitas con notas.
—Hoy supe lo que es relajarme, respirando despacio y aclarando mi mente —dijo la mamá de Broza como dos semanas después de que habían visto a la buhita.
—Yo empecé a agradecer en la escuela por lo que recibo de mis compañeros —dijo Broza—. Me costó trabajo, pero ahora tengo más amigas y me siento contenta.
El padre se quedó metido en la sopa que comían durante la cena. Mamá e hija se voltearon a ver. Sabían que le había costado más trabajo y no mostraba avances. Sin embargo…
—Yo apenas ayer fui a platicar con mi madre, hablamos mucho, lloramos mucho y pude perdonar —comenzó relatando el padre con vergüenza—. Hoy increíblemente no me queje de nada y pude agradecer por mi trabajo y mi familia después de ver a un indigente pidiendo dinero en la calle.
—Sí, es como sentir satisfacción —agregó la mamá con una sonrisa.
Las actitudes de la familia de Broza fueron mejorando y la niña se sentía diferente, no sabía como llamarlo, pero ya no se enojaba tan fácil y se sentía como libre, tranquila.
Por varias noches Broza esperaba un rato sentada en una silla esperando a que la buhita entrara por la ventana de la cocina hasta que por fin lo hizo. En esa ocasión, la buhita solo había dejado una sola notita que ya venía escrita con: “¡Lo lograron!”
La buhita vio a Broza y la niña vio a la buhita sintiendo que era la ultima vez que iban a encontrar una notita en la cocina. La buhita mostró una sonrisa a través de la mirada. Broza levantó la mano para despedirse de la buhita.
—Kamelin, tú nos enseñaste una palabra tan sencilla, pero tan poderosa y con ello mejoraste nuestras vidas. ¡GRACIAS!
