Desde lejos los vigilaban, tenían a mucha gente alrededor, ambos representantes de países vecinos se mantenían de pie frente a frente manteniendo una conversación amistosa y los que los rodeaban habían quedado paralizados a unos metros sin que nadie lo supiera.
Sin embargo, Kamelin la buhita, era la única que sabía lo que en realidad estaba pasando. Justo en medio de ambos representantes había dejado un delgadísimo espejo, en el que se les estaban mostrando sus errores cometidos primero, seguido de eso, se les estaba inyectando de empatía.
Las gesticulaciones que hacían los presidentes eran reacción de sus recuerdos y de repente movían las manos de forma inconsciente, lo que daba la apariencia de estar platicando uno con el otro. Ni la mejor cámara con el mejor enfoque a distancia, podría detectar al espejo. Al terminar la inyección de empatía el espejo se desvaneció sin que nadie se diera cuenta lo que en realidad había sucedido.
Todos los que presenciaban esa reunión vieron como ambos presidentes se dieron la mano con gesto escéptico y de repente los que los rodeaban despertaban de algún modo un poco confundidos.
Dos horas después de la reunión el representante del país anfitrión, ya tenía en su puerta al encargado de la organización de aquellos grupos que movían sustancias ilícitas en todo su país. El representante sabía perfectamente quién era y a qué iba.
—¡Buenas tardes señor presidente, mandatario y representante de nuestro país! —saludó Despiado con confianza, un hombre alto y corpulento, de unos 60 años, el cuál vestía traje, pero con ese acento que usan las personas que viven donde se ordeñan vacas y montan caballos.
—¡Buenas tardes! —respondió el representante con seriedad—. Siguen con libertad de labores. Dígale a su gente que la reunión se limitó a los migrantes, lo que haremos en conjunto para mejorar el clima y los impuestos de algunos frutos tanto importados como exportados, es todo —terminado esto, el representante dejó caer sobre su escritorio una carpeta amarilla sin una etiqueta o impresión, la cual solía contener una hoja con un texto maquillado donde él mismo firmaba el acuerdo en el que limitaba a sus policías a no estorbar en el trabajo del movimiento de drogas en su país.
—¡Siempre es un placer, señor! —dijo Despiado haciendo una pequeña reverencia con la cabeza al mismo tiempo que se acercaba al escritorio a tomar la carpeta.
Efectivamente todo siguió como siempre para el país. Pero tres meses después de aquella reunión de los representantes, varios grupos pertenecientes al movimiento de sustancias ilícitas habían desaparecido en trenes clandestinos de manera extraña.
—¡Es algo que no puedo permitir! —exigió el representante a Despiado—. Ya tienen libertad en una cosa no podemos arriesgarnos…
—Nos están levantando falsos, señor —interrumpió Despiado—. Algo muy raro sucedió y nos están culpando a nosotros —los dos hombres quedaron en silencio por unos segundos—. Esperamos que usted no tenga nada que ver, le noto muy tranquilo.
—Espero que no sea una amenaza señor —intervino el representante—. Somos un mismo país, si nos dividimos seremos más vulnerables.
—El problema es que puede ser una trampa para atacarnos por la espalda, de cualquier manera, necesitamos reclutar más gente para cubrir las demandas extranjeras, ¿Usted me entiende? —dijo Despiado.
—Como ya le mencioné, no puedo permitir que recluten a alguien a la fuerza, yo cumplo con mí parte, pero si se pasan de ahí, tendré que hacer cumplir la ley.
—Ya veremos —dijo Despiado y sin dejar que el representante agregara comentario alguno, volvió a hacer la seña de reverencia con la cabeza y se retiró.
Un mes más tarde, se empezaba a olvidar aquel extraño incidente, el representante de aquel país continuaba con sus viajes de trabajo y se empezó a retirar más temprano a descansar, mientras aquellos hombres se reorganizaban con las labores de entregas y recolecciones de mercancía.
Pero por segunda vez había ocurrido, la noticia corrió a los dos días, cabecillas de varias organizaciones de sustancias ilícitas habían desaparecido ahora entre las aguas cerca de una isla lejana a cualquier playa. Los trabajadores de estos estaban desorientados, no sabían a quien seguir ni qué hacer. La mayoría optaron por ocultarse al temer que alguien los tuviera ubicados.
Todo se estaba desmoronando, esas organizaciones tenían décadas con poder y control y ahora, alguien los estaba aniquilando con mucha astucia.
—¡Pues dígale al representante que, si no me recibe, que, si no toma cartas en este asunto, ya sabe cómo lo pagará! —gritó Despiado a uno de los guardaespaldas—.
El guardaespaldas se alejó de sus demás compañeros indicándole al hombre que lo amenazaba que lo siguiera.
—Le voy a decir una verdad y no tiene otra opción más que creerme —dijo el guardaespaldas en voz baja a Despiado—. El presidente tiene 24 horas desaparecido. Nadie sabe dónde está.
—¿En serio crees que voy a tragarme esa? —preguntó Despiado con tono de burla.
—Puede usted secuestrar, maltratar o matar a quien quiera, pero le aseguro que nadie le dirá dónde está porque nadie lo sabe hasta ahora, pero esperamos que aparezca antes de que la población se dé cuenta, ya hoy tuvimos que inventarnos varios pretextos.
Llegando a su oficina Despiado se enteró que varios colaboradores habían desertado por miedo a que se los tragara la tierra o el mar como a los otros.
—La traición se paga con la muerte, ya lo saben —dijo Despiado para sí. El hombre se sentó frente a su escritorio con la intención de dar la orden de eliminar a los desertores. Tomó el teléfono y en un par de segundos de una manera inexplicable un búho, que en realdad era la buhita Kamelin, entró a la oficina dirigiéndose a Despiado provocando que este soltara el teléfono.
Al levantar el rostro, la atención de Despiado fue atrapada por un pequeño espejo recargado en su escritorio que abarcaba desde su cabeza hasta su pecho. El hombre quedó perdido entre las primeras imágenes que aparecían.
Él, de niño, jugando con unas piedras. Recordó entonces lo pobres que eran él y sus padres. Su madre necesitaba medicinas y su padre había hecho unos favores a una de las organizaciones entregando mercancía para poder sacar el dinero para pagarlas. Pero en una de las últimas entregas la mercancía había sido mal contada, se había cometido un pequeño error y su padre lo había pagado.
Frente al niño Despiado de doce años que se encontraba en su pequeña casa alimentando a su madre en cama, unos hombres habían entrado y habían acribillado a su padre. Después del terror apoderado en aquel niño, la herida emocional provocada y no curada, había ocasionado que Despiado se prometiera acabar con aquellos que habían matado a su padre y para ello no encontró otro camino que unirse a los contrarios en cuanto tuvo las fuerzas suficientes para disparar una pistola.
Pasaron rápidas imágenes por aquel espejo y el hombre corpulento vio todo el daño que había ocasionado a las personas y a las familias de esas personas. Se le mostraron las dos opciones que tenía: respeto a sus semejantes o seguir con sus abusos y torturas. Vio lo mal que podía terminar y comenzó la inyección de empatía, así como se les había inyectado a los representantes de los países.
Pero en este caso Despiado se resistió. No quería tener empatía. No quería curar sus heridas de otra manera que no fuera haciendo miserables a otros. Esa potente resistencia pudo dar lugar a una intervención.
—¡Señor, señor! ¡Los aniquiladores han vuelto! —exclamó un trabajador de baja estatura, apariencia delgada y rostro pálido—. ¡Estamos acabados! ¡No queda nada! Han atrapado a algunos en el extranjero y a otros se los llevaron en helicópteros. ¡Estamos perdidos!
Una caravana de camionetas blindadas irrumpió en el frente de la casa del representante del país cuando apenas caía la noche, un helicóptero aterrizó en el jardín sin avisar y se empezaron a oír disparos, que resultaron ser de pistolas gotcha, las cuales chocaban en paredes y ventanas pintando todo de colores. Guardaespaldas y trabajadores corrieron por los pasillos dentro y fuera de la casa, cubriéndose con sus brazos intentado averiguar lo que sucedía.
Todo pasó en alrededor de 20 minutos y de repente, los disparos cesaron, las camionetas se alejaron, el helicóptero despegó y un par de mucamas vieron al representante salir tranquilamente de su despacho con ropa de dormir.
—¡Nuestro país ha sido liberado! —les dijo el representante con una sonrisa en el rostro—. ¡Buenas noches! Me iré a descansar.
Las mucamas quedaron inmóviles por unos segundos, ¡El representante había reaparecido!
Pasó casi un año para que los habitantes de aquel país notaran el cambio milagroso. El representante había anunciado a la ciudadanía que se había reclutado a los mejores hombres y mujeres candidatos para ser parte de la policía y estos estaban recluidos recibiendo educación, ejercicio y apoyo para su buena alimentación. La inseguridad en las calles se había debilitado y las personas vivían más libres, inyecto el dinero necesario para educación y salud y las personas eran más educadas y respetuosas, mejoró calles, edificios y servicios y las personas vivían tranquilas y sin tanto estrés.
Todo iba bien, pero al representante le inquietaba el paradero de Despiado y decidió buscarlo. Le sorprendió encontrarlo en su casa, en su despacho, aunque con la barba crecida y el semblante de un hombre que mal se ha alimentado y mal ha dormido.
—Sé que pretendes reconstruir el reinado del crimen —dijo el representante—, vengo a pedirte que no lo hagas porque eso jamás te va a regresar a tus padres ni te va a quitar el dolor que cargas.
—¿Cómo le hiciste? —preguntó directamente Despiado sin levantar la mirada e ignorando la delicada información que daba el representante.
—Acordé con el representante vecino no interferir en la aniquilación de tus grupos. Por tierra, por mar y por aire se llevaron a la mayoría. Tuve que simular acostarme temprano todas las noches, pero me retiraba para ver los avances y hacer tratos con los atrapados.
—¡¿No están muertos?! —preguntó Despiado asombrado.
—Nadie ha sufrido —respondió el representante con entereza—. Solo están siendo ayudados a curar sus heridas de infancia para hacer crecer en ellos un poco de empatía.
—¡Empatía, la maldita empatía! ¡Nadie tuvo empatía con mi padre! ¡Nadie se apiadó de él! ¡Teníamos un acuerdo presidente! ¡Usted lo dice en este papel! —Despiado tomó aquella carpeta amarilla que el representante le había entregado ya más de un año antes y sin abrirlo lo regresó a su empapelado escritorio bruscamente.
—¿En algún momento te diste el tiempo de leer ese papel? —preguntó el representante sereno.
La curiosidad invadió a Despiado y mirando a su visitante abrió la carpeta, la cual, contenía a ese espejo que por segunda vez atraparía la atención del hombre e intentaría de nuevo dejarle empatía. Está vez, sí funcionó. Le costó más tiempo de lo usual, pero Despiado logró perdonar a todo aquel que hizo daño, sanó sus heridas emocionales y se liberó de sus rencores.
—Muy astuto representante, muy astuto —dijo Kamelin la buhita a través del pensamiento, mientras había estado postrada detrás de una ventana viendo y escuchando lo que sucedía. Ahora había entrado sigilosa y sonriendo con la mirada, mientras el espejo terminaba su labor con Despiado…— Las cosas cambiarán desde ahora, los países de ambos representantes mejorarán, son unos héroes.
El espejo se detuvo y se enrolló como un pergamino, Kamelin lo tomó entre sus garras y se alejó del lugar sin decir más.
